Kerry Foster en la República de Stuburia: Cuaderno de viaje

Leer antes de iniciar el viaje*.

Abrí la ventana y me regocijé al distinguir la fragancias de la flor del almendro y al sentir el contacto de la calidez solar en la piel. Los gorriones también se habían percatado de que la estación primaveral se aproximaba, y ya iban a buscar los brotes verdes a los árboles cruzando el cielo de aquí para allá en ráfagas cantarinas.

-¡Ah, qué mañana más fresca y serena! -me dije-, en la que todo parece estar en su sitio. Se me ocurre que podría dar un paseo por el parque. Sí, así haré.

Con esto, tomé el periódico de la mañana -en el que habían publicado un interesante artículo sobre el impacto humano en las aves migratorias-, y la chaqueta, y me aventuré hacia la puerta.

Nada más poner la mano en el pomo, sonó el teléfono. Descolgué de mala gana. 

-¿Quién demonios llama a estas horas? -protesté.

-Al habla el camarada Vasíliev. Jefe del Departamento de Preservación Artística de la Sublime República de la Federación de Stuburia. 

Aquel acento hubiera serrado un árbol sin pestañear.

-Oh. 

-Usted vendrá al Minkin de Beloscow para participar en la identificación una pieza de arte. Sus honorarios y gastos serán cubiertos.

-Ah.

Se siguió un silencio al otro lado de la línea.

-Usted elegirá lo correcto. Sabemos que no defraudará al Gobierno de la Sublime República de la Federación de Stuburia ni a sus ciento cincuenta y siete millones de habitantes. Trate de no morir congelado.

Y el camarada Vasíliev colgó el teléfono.

Según averigué mas tarde, aquella peculiar despedida no había sido otra cosa que una traducción literal de una expresión local que los stuburianos intercambiaban al despedirse, con la sola intención de desearse buena suerte frente a las vicisitudes del crudo invierno.

Al parecer, mi fama como identificador y tasador de obras de arte se seguía expandiendo rápido como la pólvora, penetrando incluso en las heladas fronteras de los países del este.

La perspectiva de obtener unos generosos honorarios a cambio de un trabajo en apariencia sencillo me empujó a aceptar con entusiasmo. Puede que las posteriores llamadas del camarada Vasíliev, algunas de las cuales se producían a altas horas de la madrugada, y en las que mi interlocutor siseaba con tono calmo palabras en un idioma que no pude entender, también influyera.

En cualquier modo, aquello había sido lo que me tenía guardado el destino aquella risueña mañana de primavera. En lugar de al parque, me dirigí al armario a sacar el abrigo de piel que había guardado hacía tan solo unos días. Y con eso me preparé para emprender un entrañable viaje al corazón de la ciudad de Beloscow, de la que mucho había oído hablar sobre su incalculable riqueza cultural y sobre el peculiar encanto de sus gentes. 

Según se decía, la mayoría lograba Entrar al País. Algunos pocos tenían que volver por donde habían venido. Del resto, nunca más se volvía a saber nada.

El primer lugareño con el que me encontré fue un agente de la seguridad y el orden de la Sublime República de la Federación de Stuburia, que me solicitó que le mostrar el permiso de estancia.

-¡Saludos, camarada! ¡Y tanto!

Había recibido mi permiso de trabajo exactamente veintisiete días después de haberlo solicitado, que son exactamente veintiséis días más tarde de lo que me dijeron que tardaría.

-Aquí tiene. Espero que esté todo en orden. ¿Por dónde es la salida del aeropuerto?

El agente de la seguridad y el orden de la Sublime República de la Federación de Stuburia pestañeó con desconcierto y me dirigió una mirada universal de compasión. Negó despacio con la cabeza y señaló hacia una puerta cercana.

-Oh. Gracias. ¡Larga vida a la federación! ¡Trate de no morir congelado!

Tras la puerta me encontré con una señora que leía un tomo denso y prácticamente desintegrado tras un escritorio.

La señora parecía estar de muy buen humor. Después de darme la bienvenida a la Sublime República de la Federación de Stuburia, me pidió mi documentación y me dio un montón de formularios para rellenar. Luego estampó mi pasaporte y mi permiso de trabajo, y me pidió firmar un impreso. También me colgó al cuello una acreditación y me dio una tarjeta, un sobre, un token, un pergamino y un caramelo de limón. Lo acepté todo de buena gana.

Más tarde me estaban revisando el equipaje cuando se me ocurrió mirar el reloj. ¡Cómo pasa el tiempo cuando se observa a la gente disfrutar, haciendo su trabajo tan bien y con tanta determinación!

Con todo, me pareció que se me estaba haciendo tarde para llegar a mi cita con el camarada Vasíliev. Mi intuición me dijo que era mejor no hacer esperar al camarada Vasíliev.

-Disculpe-pregunté a un operario-, ¿sabe si estamos todavía dentro del aeropuerto? Tengo una cita en catorce minutos en El Minkin de Beloscow, y me preguntaba si no sería posible agilizar un poco el protocolo.

-¿Una invitación personal para visitar el Minkin? ¡Oh! ¿Cómo no lo había dicho antes? ¿Tiene algún permiso acreditándolo?

Los stuburianos y las stuburianas son, ante todo, personas de gran calidez, que aprovecharán cualquier oportunidad para acercarse a los demás, más aún cuando se trata de visitantes, lo cual indica una gran tolerancia hacia las culturas y sociedades foráneas.

Durante el tiempo que pasé allí tuve todo tipo de encuentros fortuitos con lugareños, los cuales eran, en general, de naturaleza breve, pero que sin duda contribuyeron a que me sintiera como en casa. 

Por otra parte, según pude aprenciar, en Stuburia son gentes cautelosas y de gran educación, ya que mis interlocutores eran capaces de inventar cualquier pretexto con tal de romper el hielo y aproximarse a mí, como por ejemplo, pedirme dinero, o pedirme el pasaporte, siendo esta última la más popular.

Me pidieron el pasaporte en Beloscow siempre y en todas partes.

Cuando entraba y salía de edificios oficiales. Cuando entraba y salía de centros comerciales. Cuando entraba y salía del metro. Cuando iba a pagar en los cafés.

Una vez me pidieron el pasaporte para entrar al baño de mi habitación del hotel. Desconozco cómo aquel amable señor fue a parar allí, o cuándo se fue; tan solo sé que me pidió el pasaporte con especial educación, y no creo que haya nada más feo que no mostrar el pasaporte a alguien que te lo pide con buenos modales. 

Antes de atender mi cita en el Minkin decidí pararme a tomar un bocado rápido.

Así, tan pronto como llegué a la ciudad de Beloscow fui consultando los menús colgados en las puertas de los cafés, hasta que me decidí por un pequeño local que me pareció acogedor y que vi que ofrecía precios más que razonables.

El café Prepunkin resultó ser el restaurante preferido de algunos de los más destacados monarcas de la Sublime República de la Federación de Stuburia, y era conocido en el mundo entero por su especialidad en macarons.

Antes de que mi mano rozara el pomo, la puerta se abrió de par en par y me recibió un caballero de porte impecable, que se apresuró a tomar mi abrigo, mi maleta, y mi pasaporte, que ofreció a otros tres caballeros que los fueron a llevar al armario de abrigos, al armario de maletas, y al armario de pasaportes respectivamente.

No supe qué objetar.

Solo en el camino a la mesa me hicieron más de diez preguntas, incluyendo la nacionalidad de la que quería que fuera el agua, si prefería sentarme junto a la ventana o en el interior, si me gustaban las composiciones para trompeta de Haydn, y en qué lado de la cama dormía.

Para que fuera haciendo boca mientras decidía qué iba a tomar, me trajeron mi vaso de agua de los alpes de Italia, un panecillo parisino rociado con mantequilla y mermelada, un zumo recién exprimido de naranja y mango, y una fondue de tres pisos de chocolate con fresas recién recogidas de la Selva Negra, todo por cuenta de la casa.

Me leí con detenimiento la carta de cafés, de unas siete páginas en letra apretada, y luego la de pastas, de más de cincuenta. Cuando vino una amable joven a tomarme nota, le dije que no había entendido nada porque no estaba en mi idioma. Luego pensé, ¡qué demonios! ¡Solo se vive una vez! Y le pedí una taza del café y el macaron preferidos del rey Nikolasio II (Excelentísimo Monarca de la Sublime República de la Federación de Stuburia). La joven abrió los ojos muchos, y en lugar de tomar nota del pedido, asintió con firmeza y salió corriendo hacia la sección de pastelería, donde le dijo algo al chef de macarons, que dio un salto y me miró con los ojos muy abiertos y el bigote tieso.

Yo también estaba muy sorprendido. No sabía que en realidad hubiera habido un rey llamado Nikolasio II.

Después de un rato, como vi en la distancia que todavía había por lo menos cuatro personas montando el macaron, decidí aprovechar para ir al baño.

Me levanté y le pregunté el camino hacia el baño a un muchacho que estaba por allí de pie, aparentemente con la única función de que le preguntaran el camino hacia el baño.

El muchacho afirmó con solemnidad y me fue explicando una serie de precisas y complejas indicaciones que yo fui olvidando de manera sistemática.

-Gracias -dije-, y salí por una puerta aleatoria.

En mi camino al baño crucé, sin salir ni una vez al exterior, el vestíbulo de dos hoteles, una ópera, tres restaurantes, una biblioteca, y una terma romana.

Luego decidí volver a preguntar a alguien.

-Ah, no, acaba de pasar de largo. Es por ahí.

-Ah, ¿pasada la exposición de cerámicas del siglo XVI? -dije, señalando en esa dirección.

-No, eso es el baño.

-Oh.

El caballero que me secó las manos en el baño me contó, mirándome a través del espejo isabelino de tres metros de altura y dos de anchura, que sus antepasados habían secado las manos de prácticamente todas las figuras históricas que habían definido la historia de Europa en los últimos siglos después de que hicieran sus necesidades.

Por supuesto, a aquellas alturas yo ya no tenía ni la más mínima idea de dónde estaba, así que le solicité con amabilidad si me podía acompañar al menos hasta la salida del baño, pero el caballero tuvo que rechazar, mucho a su pesar, porque ninguno de sus antepasados -al menos en los últimos doscientos años- había abandonado nunca los dominio del baño, y él era un hombre que ante todo respetaba la tradición. Además, tampoco estaba muy seguro de lo que había allí afuera. Yo le dije, para quitar hierro al asunto, que tampoco había mucho que mereciera la pena, pero se sorprendió bastante cuando le dije que ya no era el siglo XVII.

Cuando volví a mi mesa del café Minkin había esperándome un cofre de roble victoriano con remaches de cobre y acabado en barniz, y una taza de café de porcelana de la era Xihui del siglo X.

-Oh, gracias -dije, y tomé el café de un sorbo, y el macaron de un bocado. Dejé el dinero en la mesa, un diez por ciento de propina, y me fui a atender mi cita con el camarada Vasíliev.

Siempre he sido un hombre de mente abierta que se adapta bien a situaciones dispares. Pero lo cierto es que en Stuburia todo es difícil, desde abrir el grifo hasta cruzar la calle. De hecho, jamás entendí el significado de la expresión “tan cerca pero tan lejos” de una manera tan vívida como en las calles de la ciudad de Beloscow. 

Resulta que allí, en lugar del clásico paso de cebra, para facilitar el paso a los viandantes en las vías principales, existen unos intrincados pasadizos subterráneos que a menudo toman la forma de verdaderos laberintos, y en los que hay que adentrarse con ideas muy claras. Un giro hacia el lado incorrecto puede mandarle a uno tres kilómetros y dos horas de distancia, desde donde irónicamente siempre tendrá una visión clara, a lo lejos, del lugar al que un día quiso ir.

A veces hay señales informativas, aunque siempre tienen el inconveniente de que están escritas en stuburiano. El alfabeto stuburiano, por cierto, es un bello sistema de escritura que alguien inventó en algún momento de la historia con la intención de confundir al transeúnte profano. En este sistema alfabético, por ejemplo, el símbolo que parece una pe se lee como una erre, y el que parece una ene se lee como una pe. Y así.

El stuburiano, por cierto, siempre me ha inspirado un gran respeto. De hecho, la sola presencia de cualquier documento o señal escrito en este idioma me pone en alerta de un modo muy primitivo, especialmente si está colgado en lugares como ascensores o en las puertas de los aseos. 

Con todo, a pesar de las barreras idiomáticas y arquitectónicas, logré llegar al Minkin de Beloscow. Lo cual entusiasmó en gran medida al camarada Vasíliev, que me recibió con un caluroso siseo amenazador de bienvenida, y me invitó de inmediato a seguirle a él y a su séquito a donde se encontraba la pieza que yo debía identificar. 

-Bienvenido a la Sublime República de la Federación de Stuburia, señor Foster. Espero que haya tenido un viaje libre de complicaciones. En Stuburia estamos muy acostumbrados a recibir visitantes, y queremos que su estancia sea lo más agradable posible.

Jamás había conocido a nadie de presencia tan imponente y que separara los labios tan poco al hablar como aquel hombre.

El lugar en cuestión era la Basílica del Magnífico Corazón, una reconocida joya de la arquitectura medieval del siglo X que el monarca Petri IV mandó construir para guardar el tesoro nacional y para que sirviera como mausoleo real.

La edificación se convirtió en el proyecto de vida del rey, que se obsesionó con construir el edificio más grandioso de todo el reinado, todo para acabar sufriendo un infarto de miocardio a los treinta y ocho años de edad, con la buena suerte que murió ocho días después de que la obra se acabara, por lo que pudo llegar a hacer uso de las instalaciones sin problema.

Nos aproximamos a una mesa de mármol en torno a la que había reunido un séquito de una decena de personas, y sobre la que reposaba un huevo de Fabergué.

-Interesante -dije, y vi de soslayo cómo atraía la atención-. ¿De dónde han sacado este huevo?

-El huevo lo ha encontrado la camarada Gertrudis.

Todos se apartaron a un lado para que pudiera ver a la camarada Gertrudis, que limpiaba el polvo de un mosaico.

-¿Cómo es que ha permanecido oculto todo este tiempo? -pregunté.

-Estaba en el cepillo de la iglesia. Nadie mira nunca en el cepillo de la iglesia.

-Tiene sentido. ¿Le importa? -dije, mientras me ponía mis guantes de manipular piezas para manipular la pieza. 

Los camaradas cruzaron miradas de desconfianza.

Me ajusté bien los guantes, tomé el huevo con delicadeza, y lo sopesé, todo ante expresiones que se retorcían de dolor con cada uno de mis movimientos.

-Intuyo que esta debe de ser una pieza de gran valor, si no artístico, al menos simbólico, y quizás tanto para la Sublime República de la Federación de Stuburia como para el resto del continente, dada la naturaleza misma del huevo de Fabergé, que en repetidas ocasiones en la historia nos ha sorprendido con los más inesperados secretos. Por cierto, ¿han visto ya lo que tiene este dentro?

El camarada Vasíliev me contó cómo todos los estudiosos de mayor prestigio del Departamento de Preservación Artística de la Sublime República de la Federación de Stuburia habían estudiado el huevo con el propósito de desentrañar su misterio pero que ninguno había tenido éxito.

-Bueno, eso se debe a que todo este rato han estado mirando el asunto desde el punto de vista equivocado. Permítame explicarme. ¿Ve como aquí en Rusia abren ustedes las puertas hacia afuera?

El camarada Vasíliev buscó confirmación en las miradas a su alrededor.

-Sí -dijo al final.

-Bien. Lo cual tiene absoluto sentido, al menos para ustedes, que ven en ese diseño una manera idónea para facilitar la salida de los edificios en caso de situaciones de emergencia que requieran rápida evacuación. En algún momento de la historia, sin embargo, los países occidentales decidieron diseñar puertas ad hoc para facilitar evacuaciones de emergencia, para que el resto de puertas de uso diario se abrieran hacia dentro en su lugar, evitando así los hematomas craniales de distinto grado y gravedad que cada día sufren cientos de inocentes transeúntes. 

Suspiré con tristeza, y los camaradas dirigieron miradas acusadoras al camarada Vasíliev, lo cual pareció herirle profundamente. 

-Lo que quiero decir, es esto -dije, y acerqué el huevo a los curiosos en un movimiento lento y ceremonial. Desplegué los dedos índice y pulgar de la mano, los posé en puntos opuestos del diámetro del huevo e hice una pausa. 

-Lo que quiero decir es…

Todos se acercaron hasta que sus narices casi rozaron mis manos.

Ejercí una ligera presión con las yemas de los dedos sobre el huevo, y todos mantuvieron la respiración. Toda la república de Stuburia mantuvo la respiración. Durante un rato solo se escuchó el plumero de la camarada Gertrudis apartando el polvo. Y tarareando una canción de moda.

-… que este huevo es húngaro y no stuburiano, y en Hungría, los recipientes de rosca se abre hacia el lado opuesto.

Clic.

Ovación.

Durante los siguientes días y semanas, muchos frascos y otros recipientes de rosca que habían permanecido cerrados durante años, o incluso décadas, fueron abiertos a lo largo y ancho de la Sublime República de la Federación de Stuburia. 

En muchas de esas ocasiones, muchos deberían haber permanecido cerrados. Pero lo cierto es que gracias a la intervención en materia de investigación artística que encabecé, ningún stuburiano volvería a usar utensilios de cocina de la misma manera nunca más. 

En cuanto a mí, salir de la Sublime República de la Federación de Stuburia me resultó considerablemente más fácil que entrar, dado que el Minkin de Beloscow me tramitó un visado especial que solo se otorgaba a los visitantes reconocidos por grandiosas contribuciones a la prosperidad de la república, y que agilizaba el proceso hasta tal punto que solo era necesario esperar un mínimo de dos semanas para recibir los permisos, y que permitía omitir algunos de los pasos más tediosos del proceso, como el cuestionario sobre historia y cultura stuburiana, o el test de visión.

Así, con todo, volví a casa a tiempo de ver el partido de cricket del domingo (no sé del domingo de qué mes), satisfecho del aprendizaje cultural e histórico del que me había beneficiado en mi viaje (así como de los jugosos honorarios que había obtenido), pero también feliz de estar de vuelta en el hogar, donde uno se puede olvidar por una vez del pasaporte, y donde ya no se tiene uno que preocupar por no revelar a los locales, a riesgo de parecer un maleducado, que existe una manera más fácil de cruzar la calle.

*Los acontecimientos aquí narrados pueden estar o no basados en hechos, personas y lugares reales. Ningún stuburiano fue dañado durante la escritura de este cuaderno de viaje.

Se recomienda acompañar la lectura con la siguiente selección de música para facilitar su digestion.

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