Sobre el miedo a perder el tiempo

Una ilustración de una red para cazar mariposas intentando cazar unos relojes de bolsillo voladores. Si lees blogs sobre autoedición, escritura, blogging, o sobre cualquier cosa relacionada con la creación, habrás notado últimamente cierta tendencia a estigmatizar la procrastinación.

No importa a qué te dediques. Si quieres triunfar en la vida (y sabes que quieres), no solo tienes prohibido perder el tiempo, sino que además debes aumentar tu productividad hasta niveles comparables a los de un ciborg.

Así hablamos sobre el tiempo

Por fortuna para los que buscamos una visión alternativa (o para los que buscamos una excusa para perder el tiempo), la relación entre el tiempo y la productividad ha sido ampliamente explorada en el ámbito académico y sociológico, desde donde nos llegan perspectivas algo más reflexivas.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención mientras preparaba este artículo ha sido valorar algo que solemos dar por hecho, que es la manera en que nos referimos al tiempo en nuestro día a día:

Bocadillos de texto con las siguientes expresiones: "gastar tiempo", "invertir tiempo", "derrochar tiempo", "ahorrar tiempo".

¿Te parece que estas expresiones se podrían aplicar a otra cosa?

En efecto, según el sistema de signos de la sociedad actual, nos referimos al tiempo igual que al dinero. Y por lo tanto no es de extrañar que nuestra gestión del mismo también guarde puntos en común: igual que pasa con el dinero, el tiempo nunca es suficiente, siempre queremos más, y por eso nos devanamos los sesos pensando en cómo emplearlo con la mayor productividad posible.

Según el sociólogo Zygmunt Bauman, este enfoque consumista hace que en la sociedad actual ya nadie tenga tiempo para solidificar lazos y estructuras, lo que por una parte hace que las relaciones sean «líquidas», y por otra, que no exista un marco para el desarrollo de compromisos y planes a largo plazo. En lugar de apreciar el esfuerzo que supone obtener las cosas, queremos resultados YA, así que antes de actuar medimos con cuidado el coste y el beneficio que nuestras acciones supondrán, teniendo muy en cuenta el riesgo de fracasar.

Una visión diferente sobre la procrastinación

En este contexto, el papel de la procrastinación y de la duda queda evidentemente en muy mal lugar. Al fin y al cabo, ¿qué opinión nos merecería una persona que malgastara el dinero y no adoptara, igual que nosotros, un modo de vida que le permitiera ahorrarlo con facilidad?

El propio Bauman señala en este artículo que el rechazo incondicional a la procrastinación responde a una sociedad caracterizada por una búsqueda instantánea e irreflexiva de “auto-gratificación”. Sin embargo, por muy mal rollo que nos dé, la procrastinación supone en realidad una actitud activa mediante la que el sujeto toma el control de los eventos de su vida prolongando el tiempo de trabajo y eligiendo posponer la gratificación.

Por otra parte, el filósofo y semiótico Roland Barthes (que por cierto es célebre por su prolífica producción en numerosos campos) acuñó la máxima “Atrévete a ser vago.” en referencia al papel de la pereza como resistencia a los regímenes que subyugan al individuo. Además, según él, la pereza permite evocar memorias y sensaciones de manera fluida y libre.

Un cartel alzado por un gato con el texto "Atrévete a ser vago!".

Pero no solo nos llegan aproximaciones constructivas desde la sociología, sino también desde la psicología.  La llamada “procrastinación estructurada” sostiene que la gente que aplaza tareas raramente se limita a sentarse sin hacer nada, sino que a menudo se dedican a cosas diferentes a las que deberían hacer (que les resultan más fáciles o productivas). Para resumirlo en una sola frase, y como diría el cómico Robert Benchley: “todo el mundo puede hacer cualquier trabajo, siempre que no sea el trabajo que debería estar haciendo en ese momento”.

De modo que esta teoría también apoya la idea de que la procrastinación en sí misma no supone una actitud pasiva, sino que de hecho puede orientarse hacia la productividad. Así por ejemplo, según el doctor John Perry de la Univerdiad de Standford, podemos hacer una lista de tareas que tenga en la parte superior algunas muy importantes y difíciles que en principio tengan deadlines: por ejemplo, la declaración de la renta. Si a continuación ponemos otras tareas más fáciles pero también importantes, el procrastinador típico acabará haciendo estas últimas para no tener que hacer la primera.

No dejes para hoy lo que puedas hacer pasado mañana

Un reloj cuyas manillas giran cada vez más rápido hasta que el reloj se rompe.

¡¡Rápido!! ¡¡Haz algo!! ¡¡El tiempo está pasando!!

Así que por lo visto, a pesar de nuestros miedos, hay autores que enfocan la procrastinación y la «pérdida de tiempo» de una manera más positiva y cercana a nuestra condición humana, sugiriendo que en sí mismas no son negativas o positivas, no imposibilitan el éxito ni lo propulsan, sino que todo depende de cómo se conjuguen con la conciencia del tiempo y del rendimiento personal.

Además, obsesionarse con aprovechar el tiempo y ser productivo puede, de hecho, ser contraproducente y derivar en la autoimposición de metas poco realistas o en la tendencia a subestimar el tiempo necesario para completar una tarea (fenómeno conocido como “falacia de la planificación”), lo que deriva a su vez en una visión pesimista del rendimiento propio.

Y estos fenómenos son aún más válidos si cabe en el caso de los escritores o creadores, porque mucho se ha hablado en investigaciones como esta sobre los efectos negativos de la presión sobre el rendimiento de la creatividad. El propio proceso creativo implica cierto grado de divagación e imprevisibilidad, y antes que dar vueltas y vueltas en torno a una idea estancada, parece más sensato dedicarse a otra cosa mientras la solución va tomando forma (por algo el término creatividad viene del latín “engendrar”).

Ilustración de un cartel con una bombilla encendida y el texto "el término 'creatividad' viene del latín 'engendrar'".

Espera un momento… ¿hay escritores célebres que procrastinaban? :-O

Llegados a este punto, no debería sorprenderte leer que a lo largo de los tiempos son muchos los autores que han reconocido procrastinar, figurando entre ellos Victor Hugo, Herman Meville, Graham Greene, Margaret Atwood, o Leonardo da Vinci, que tardó años en finalizar la Mona Lisa, dejó numerosos trabajos sin completar, y es conocido entre otras cosas por su amplia producción de garabatos y bocetos (que seguramente hacía mientras no hacía lo que en realidad tenía que estar haciendo).

Un boceto de Leonardo da Vinci sobre papel.

Uno de tantos bocetos de Leonardo (que probablemente hizo cuando debería estar haciendo otra cosa).

Así que para acabar, y dado que los blogs parecen copados de citas inspiradoras que fomentan la productividad, me propongo aquí equilibrar la balanza con estas recopilación de reflexiones en torno al aplazamiento de obligaciones:

  • “Soy excesivamente perezoso y maravillosamente trabajador—a ratos.” – Edgar Allan Poe
  • “Me encantan los plazos. Me gusta el silbido que hacen cuando pasan de largo.” – Douglas Adams
  • “Nunca pospongas hasta mañana lo que puede hacerse pasado mañana también.” – Mark Twain
  • “No se puede activar la creatividad como si abrieras un grifo. Tienes que estar en el estado de ánimo adecuado. ¿Y qué estado de ánimo es ese? El pánico de última hora.” – Bill Watterson
  • “No puedo pensar sobre eso ahora. Si lo intentara, me volvería loca. Pensaré en ello mañana.” – Margaret Mitchell
  • “Si no fuera por el último minuto, no se haría nada.” – Rita Mae Brown

Fuentes consultadas aquí.


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